¡UN EQUIPO ENTUSIASMADO!

Bienvenidos a un Colegio lleno de vida. La de todos los que luchamos por alcanzar un sueño común: ver a nuestros alumnos felices y realizados

Un sueño que se quiere ver cumplido por una Comunidad Educativa entusiasmada y generosa, creativa y pujante, corresponsable y comprometida con cada persona, con cada circunstancia, con cada realidad.

Un equipo unido y perseverante, emprendedor y dinámico, inquieto e ilusionado, felices de estar aquí y luchar por lo nuestro, lo de todos, lo de cada uno.

Hijas de Mª Auxiliadora, alumnos, padres y madres, educadores, personal no docente, grupos de la familia salesiana, todos dispuestos y disponibles para la apasionante tarea de conquistar grandes ideales, de hacer realidad los deseos profundos de la vida de nuestros niños y jóvenes.

"Los pescadores de sueños", carta escrita por la Comisión de Sueños para el inicio escolar:

"Érase una vez un pueblecito recóndito, escondido entre montañas y a la orilla del mar, que estaba habitado por marineros y pescadores, todos jóvenes, fuertes y sanos, pero también todos tristes, desdichados y solitarios.

Desde hacía muchos años, en ese pueblecito de pescadores, lo único que se hacía era salir a la mar para pescar, pescar y pescar día tras día, hora tras hora para alimentar a sus familias.

Todos tenían sus propias barquitas, sus botes o sus veleros y todos salían a la mar para conseguir pescar el mayor número de peces, unos con sus redes, otros con cañas, algunos hasta dormían en la mar y no regresaban a sus casas en semanas e incluso meses… No hacían otra cosa más que pescar, pescar y pescar. No tenían tiempo para estar con sus familias. No tenían verdaderos amigos. Los pescadores no hablaban entre ellos de sus ilusiones, esperanzas o problemas, ni se contaban sus aventuras, sus logros o sus fracasos. No tenían tiempo porque tenían que pescar, pescar y pescar. Esto era así día tras día.

Cuando salían a la mar, en ocasiones, algunos marineros y pescadores tenían suerte, conseguían centenares de peces y traían sus barcas repletas, pero otras veces volvían a casa solo con uno o dos pescaditos y otras muchas veces, con nada. Cuando la marea les permitía una buena pesca, esa noche comían peces hasta que salía el sol de nuevo. Pero cuando el viento del norte los hacía regresar a sus hogares con las manos doloridas y vacías, nada tenían para comer. Todos habían experimentado ya lo triste que era regresar sin nada para alimentar a los suyos. Pero seguían pensando sólo en ellos y en sus familias. Ese pueblo era muy infeliz, nadie se relacionaba con nadie, nadie sabía nada de nadie. No compartían risas, ni fiestas, ni juegos, ni sueños y, mucho menos, peces.

Pero un buen día, con el cálido viento del sur, llegó un marinero extranjero al pueblecito. Sus ropas eran muy diferentes a las que se ponían los pescadores para faenar. En vez de ser negras y grises como la de ellos, el marinero vestía con ropa clara y rayada con los colores del mar y del cielo.

El marinero extranjero venía pidiendo trabajo, quería compartir todos sus conocimientos y experiencias sobre la pesca porque le apasionaba su oficio. Tenía un temperamento espléndido y cuando miraba la mar, lo hacía con ojos llenos de sabiduría. Tras hablar con él, los marineros y pescadores apreciaron su inteligencia y honestidad. La luz de sus ojos, su sonrisa dulce y su alegría los hizo caer en sus redes.

Pero el marinero, por su parte, también observó lo que estaba ocurriendo en este pueblecito y la tristeza y desazón que lo invadía sin que nadie hiciera nada para eliminarla. Así que una mañana, al llegar al puerto reunió a los pescadores para proponerles una idea: que un día, un solo día, pescaran de forma diferente, lo hicieran de forma distinta. El plan era que todos los marineros y pescadores saldrían a la mar como todos los días con sus barquitas, sus botes o sus veleros, con sus cañas o sus redes, pero todos juntos, a la misma hora. Todos trabajarían con ganas, ilusión y con esperanza y, al finalizar la jornada de trabajo, todos depositarían la pesca recogida en cestas de mimbres comunes para todo el pueblo.

Los pescadores y marineros se quedaron asombrados y reacios a esa forma de trabajar, pues nunca habían compartido nada y menos sus peces, a pesar de que todos sabían por propia experiencia lo doloroso que era no tener con que alimentar a su familia. Todos se quedaron callados en principio, pero, gracias a la confianza que el marinero ya se había ganado, un pescador finalmente dijo:

-¡Bueno, total, yo ayer me quedé sin comer. Hoy no podrá ser peor!

Otro murmuró:

-¿Por qué no? Vamos a intentarlo.

Entonces se montaron en sus barcas y se echaron a la mar cargados de esperanza, ilusiones y sueños, pero también con miedos e incertidumbre a lo desconocido, lo hacían por primera vez de manera diferente, era para todos algo nuevo.

Al terminar la jornada de trabajo, levaron anclas y, cuando vieron las luces de su faro brillar, emprendieron todos juntos la vuelta hasta el puerto. Algunos muy contentos por la gran pesca que habían logrado, otros más preocupados como siempre por los pocos peces recogidos…

Cuando llegaron al puerto, el marinero extranjero les dijo:

-¡Id depositando todos vuestros peces en estas cestas! ¡Todos los peces, absolutamente todos sin dejaos ninguno!

Y los marineros y pescadores eso hicieron. Comenzaron a dejar todos los peces en las cestas. Cuando pasaron unos minutos, los peces rebosaban, parecía que brotaban, parecía que se multiplicaban…

-¡Dios mío, cuántos peces juntos!, exclamó un pescador.

-¡Jamás he visto tanto pescado!, murmuró otro.

-¡Es alucinante! ¡Parece que los peces se multiplican!

Todos comentaban que era algo extraordinario lo que estaba ocurriendo. En sus caras rebosaba la alegría e ilusión por su esfuerzo, por su trabajo y por esta gran recompensa.

El marinero extranjero repartió a cada uno de ellos equitativamente los peces y todos, absolutamente todos, los comieron con sus familias. Nadie en el pueblo se quedó sin probar bocado.

Desde entonces, esto lo repiten cada día. Pero desde ese día también comparten sus aventuras, sus logros, sus fracasos, sus alegrías y sus tristezas, porque ese marinero con vocación de pescador los enseñó a pescar sueños, a sumar esfuerzos y a compartir propósitos. Ya saben por experiencia que lo que guardas para ti se pierde. Lo que compartes, se multiplica".